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30 oct 2025
Esta mañana, dos horas antes de lo previsto, me presenté a una visita médica que tenía programada. ¿Y a qué narices viene Virgilio de pronto con esto?, te preguntarás con extrañeza en este instante. Te cuento. Del lapsus con la cita surgió la oportunidad de aprovechar el tiempo disponible y partir de paseo a Las Teresitas. Hacía calor, y aún protegido con la gorra dentro del coche, el sol me molestaba.
Esta mañana, dos horas antes de lo previsto, me presenté a una visita médica que tenía programada. ¿Y a qué narices viene Virgilio de pronto con esto?, te preguntarás con extrañeza en este instante. Te cuento. Del lapsus con la cita surgió la oportunidad de aprovechar el tiempo disponible y partir de paseo a Las Teresitas. Hacía calor, y aún protegido con la gorra dentro del coche, el sol me molestaba. El camino junto al mar, a la vez que estimula, escuece las heridas. Me refiero, en este caso, a las heridas mal atendidas y maltratadas de la ciudad y del territorio, que se concatenan desde Paso Alto hasta el final de la playa, con contadas excepciones que confirman la regla -en Valleseco, las nuevas áreas de baño y acceso al mar o la pronta reconstrucción del centro de deportes marinos-. La desidia, la inacción, la carencia de una visión y de una pautada planificación futura, la esquiva de las necesidades y de los intereses verdaderamente comunes, la falta de ilusiones compartidas, se traducen claramente en la realidad física que nos acompaña durante todo el trayecto.
Pasan los años y el estado de Las Teresitas es una vergüenza. Del espacio público debemos de demandar, al menos, en principio, y antes que nada, limpieza, y el entorno de la playa no deja de sorprendernos con acumulación de suciedad y cochambre por doquier. Al abandono de los espacios libres, con movimientos de tierra que se acopian aquí y allá, se une la desatención y fragilidad de la jardinería; y se superpone, por la ineficaz planificación y el no adecuado mantenimiento, el deterioro perturbador de asfaltos, bordillos, muros, muretes, señalizaciones y vallados.
Deterioro ostensible igualmente en las pérgolas habilitadas como soporte de los paneles solares; en los armarios de instalaciones mal resueltos a la vista bajo dichos ámbitos de sombra; y en los quioscos y sus espaldas que sin ningún tipo de cuidado significan inevitablemente la imagen del paso al mar. Una patente falta de conservación, de criterio y de mínima exigencia de coherencia y de calidad implícita a las labores de mantenimiento que en sus diferentes escalas se ha tenido que afrontar. Un despropósito construido fruto, a su vez, de los avatares que ha sufrido la programación urbanística de todo el frente, aún sin horizonte de resolución -salpicada incluso por episodios de acusaciones y revanchas de compleja comprensión y desagradable recuerdo-. Un ‘vacío’ urbanístico que ha llevado a la inexplicable dilación de acciones inexcusables, como la rehabilitación del cementerio Traslarena ahora en marcha, tras años de lucha vecinal exigiendo su renovación.
Un ‘vacío’ que ha condicionado la premura en la toma de decisiones, con soluciones, como el área de aparcamientos junto al acceso principal a la playa que - por su inadecuada implantación, inexistente articulación paisajística, y pobre materialización final - se supone de condición efímera, cargando de despropósito la deseada recuperación de un entorno en si extraordinario. A pesar de la grandeza del paisaje y de la imponente orografía del lugar, el sentimiento de pesadumbre se ahonda con el paso del tiempo, persistiendo sin acallar la abulia de la que como sociedad somos responsables. Pero antes de continuar, permíteme sugerir que te acerques al ‘nuevo’ campo de fútbol de San Andrés.
El acceso y los aparcamientos habilitados son impropios de los tiempos que vivimos. Utilizando un término coloquial: ‘una venganza’, que acentúa el abandono generalizado que nos conmueve en toda la zona. Y por el camino de vuelta a Santa Cruz sentimientos que no puedo evitar y que se entrecruzan entre certezas, incredulidad y rabia: La sombra del deseo en la anhelada relación de la ciudad con el mar, en muchos puntos aún difusa, como sucede en los accesos a Valleseco y sus playas de callao; la falta de un criterio unitario para la resolución de todo el itinerario entre Paso Alto y la playa al margen de las indistintas responsabilidades administrativas asignadas, con secciones transversales más amables y seguras, compatibilizando de forma natural los diversos tránsitos; la dejadez y desatención de gran parte de los cortes, taludes, antiguos caminos y construcciones obsoletas que definen los abruptos perfiles topográficos que acompañan todo el trayecto; el estado ruinoso del Balneario -monumento a la incompetencia de las personas que han venido ahogando el clamor popular que reclama su rehabilitación dese hace muchos años-; la batería adyacente, que parece asfixiarse a si misma, hastiada de su historia, arrimada en el olvido y en el gota a gota de su propia erosión; la desazón de ver cómo languidecen los antiguos muelles carboneros en la costa de Valleseco con sus materiales nobles en lucha desigual e inútil contra un fin inevitable -ostensible por la pausada extenuación de sus cerchas y pavimentos de noble madera; por la imparable corrosión de los pocos carriles de acero que milagrosamente aún resisten el embate del alisio y de la sal; y por la lenta fatiga de los muros de piedra mampuesta, azotados por el obstinado oleaje, y que día a día nos alertan sobre su inminente colapso-; o, incluso, antes de llegar al Club Náutico, el lamentable estado de abandono que presenta la antigua estación marítima del Jet-Foil, de los arquitectos Antonio Corona, Eustaquio Martínez y Arsenio P. Amaral, que obtuvo el Premio de Arquitectura de Canarias en el año 1992. Desatenciones que nos incomodan y que percibimos como una lenta derrota de lo común, de la memoria, del patrimonio, de la cultura, de la identidad social.
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